dilluns, 8 de febrer del 2010

Consecuencias de guerra

Lágrimas; lágrimas de dolor, de tristeza, de desesperación.

Llanto; llanto incontrolado, calmado tan sólo con el abrazo de aquel ser que al darte la vida deseó cambiar el mundo sólo para que tú pudieras vivir como todos los niños merecéis hacerlo.

Sangre; sangre corriendo por tu cara, acariciando tu rostro, ese rostro que tu madre besa.

Besos, besos de esperanza, de lucha por un futuro mejor.

Palabras; palabras susurradas al oído, palabras que logran calmar tus lágrimas y tu llanto. Palabras que te piden perdón por haberte llevado a un mundo como este del que sólo conoces el ruido de las armas, el grito de la muerte y el color de la sangre.

Palabras que prometen, que prometen un lugar mejor, un lugar en el que poder pasear por la calle sin miedo a morir, un lugar en el que poder pasar un día sin ruido, sin gritos, sin muerte. Un lugar en el que poder ir al colegio y volver a casa con la certeza de que tu madre te estará esperando.

Balas; balas recogidas después del estrepitoso ruido de otra batalla perdida, perdida por la humanidad, humanidad que pierde vidas después de otra batalla sin sentido.

Vidas; vidas que se marchan sin haber tenido la oportunidad de luchar, de luchas por seguir adelante, por seguir viviendo en un mundo en el que después de una batalla perdida lo único que queda son silencio y balas. El silencio de las muertes causadas por esas balas que vuelan por el aire empujadas por el deseo de supervivencia de esas personas que deben matar para poder vivir.

Silencio, todo lo que queda después de una batalla es silencio. Voces que se apagan con la llegada de la muerte, muerte que no sólo se lleva las almas de los cuerpos sin vida, sino que arranca también las de aquellos que tan sólo podrán esperar el ruido de la próxima bala, ruido que indicará el inicio de una nueva batalla.

Algunos volverán a esconderse para proteger sus vidas y la de los suyos, otros volverán a matar, a matar para poder vivir.



Noviembre 2003

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