Son las 20:35 de este domingo cualquiera en el que una de mis amigas ha decidido reunirnos a unos cuantos alrededor de una de sus maravillosas paellas. Hay quien ya se ha ido y otros están decidiendo donde ir a poner fin a este fin de semana. A mi mañana me toca madrugar, de modo que muy a mi pesar creo que lo mejor es irme a casa a descansar.
Al llegar al metro y ver que faltan 5 minutos para el próximo tren saco el iPhone y me pongo a chafardear un rato. Y es entonces cuando me doy cuenta que ella me ha escrito un email hace más o menos una hora. Acavaba de llegar a casa y me hacía saber que si me apetecía podía pasar la noche con ella, así no tenía que pegarme el tute de coger el tren hasta mi casa y por la mañana volver a trabajar.
De camino a su casa compro una botella de un buen vino, de esos que saben a casa, y me desvio para lelvarle una de esas rosas que todavía uelen a Rosa. Me abre la puerta sabiendo que soy yo y sonrie, ve la botella de vino y entiende que esta noche puede ser especial.
-Sabes de sobre que si paso la noche contigo dormiré menos que haciendo y deshaciendo el camino a mi casa.
-Aun y sabiéndolo tú también, estás aquí.
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