¿Era aquello una cita? No sabía si podía o no considerarlo una cita. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? No sabía si se esperaba de ella algo en concreto. Estas al igual que muchas otras dudas la asaltaron de camino a su encuentro aunque no le quitaron aquella sonrisa radiante de la cara y cuando llegó a su encuentro y surgió aquel beso, todas las dudas se le disiparon. Daba igual si aquel encuentro tenía nombre, daba igual si se esperaba o no algo de ella. Estaba ahí porque era lo que deseaba y tan solo iba a dedicarse a disfrutar del momento.
Tenía a aquella preciosa mujer a su lado radiante al igual que ella con el mismo propósito de disfrutar de aquel momento, la una en compañía de la otra. Después de saludarse empezaron a andar y se dieron cuenta de que lo hacían sin rumbo al llegar a una calle sin salida y tener que decidir si giraban a la izquierda o a la derecha. Se detuvieron de golpe al tiempo que se quedaban calladas, miraron a ambos lados y luego se miraron entre ellas. Se echaron a reir.
-¿Te gusta jugar al billar?
-Me encanta, así que espero que sepas jugar o te vas a arrepentir de tu propuesta.
Tenía la misma cara de pilla que aquella noche de sábado mientras se le acercaba tímidamente desde el otro lado de la discoteca. Pero había perdido un punto de esa timidez, ya no le daba tanto miedo acercársele, morderse el labio inferior tan cerca de su boca que podían sentirse el aliento al tiempo que la miraba a los ojos perdiéndose en aquel verde que denotaba emoción.
-Vamos a ver que ocurre.
Al llegar al local fueron directas a la barra, le pidieron a la dueña del local, que las conocía a las dos, pero nunca las había visto juntas, y fueron a la mesa a esperar a que les sirvieran. Dejaron las cosas en las sillas y se fueron directas al billar. Entre tragos los tragos de cerveza y el billar volaron miradas, besos, caricias casi imperceptibles y muchas sonrisas.
Entre una cosa y la otra se les fueron un par de horas y ambas empezaban a tener algo de hambre. Fueron a la barra a pagar y la dueña al despedirse les dijo algo que les volvió a arrancar otra sonrisa al tiempo que las advirtió de algo.
-Espero volver a veros juntas por aquí.
Salieron las dos en silencio y con una media sonrisa extraña. En la puerta se miraron. No sabía que hacer en ese momento. Se había dado cuenta que aquellas palabras significaban algo pero no sabía que importancia tenia que darle. Y se había quedado en blanco aunque 5 minutos antes había aceptado su invitación de ir a cenar a su casa.
-Creo que juntas podemos encontrar la manera de que esas palabras no signifiquen más de lo que nosotras querramos. Y creo que, tal y como habiamos dicho, podemos hablar de ello cenando en mi casa.
Volvieron a sonreir y se fueron a su casa.
Antes de meterse en la cocina le sacó el poco de hierba que tenía reservada solo para momentos especiales y le pidió que se preparaba uno de esos cigarrillos que relajaban a cualquiera.
-Antes de fumar quiero decirte algo sin que parezca que es efecto de esto que tienes que, por cierto, huele que no veas. No creo que ninguna de las dos pueda negar que los ratos que hemos compartido juntas no nos hemos desprendido de nuestras sonrisas, ni tampoco podemos decir que es mentira que hay algun tipo de atracción especial entre nosotras. Si me equivoco, porfavor, corrígeme. Pero creo que es lo que ha visto Eva, y al conocernos a las dos, pues sencillamente se ha alegrado de vernos así. Pero esta es la segunda vez que nos vemos y yo ahora mismo tansolo quiero disfrutar de este rato. No creo que sea momento de racionalizar nada. Puede que ese día llegue, o puede que no. Pero quiero vivir el aquí y el ahora.
-Miriam, no sé si volverá a vernos jugar al billar juntas de nuevo, como no sé que pasará después de que pruebes mi cocina, pero ahora mismo, creo que no ha llegado el momento de pensar en el mañana. Si llega, ya lo haremos. De momento, enciende ese porro y dame de fumar y quédate en la cocina conmigo, que si te me escapas en 5 minutos almenos podré disfrutarte un rato más.
Miriam se rió. Encendió el porro, dejó que Alba le diera un par de caladas y la besó. Sencillamente porque se moría de ganas de hacerlo.
-Por si después de dar mi veredicto acerca de tus dotes culinarias me echas por la puerta.
Se miraron a los ojos y aunque no querían pensar en el mañana, ambas tuvieron la certeza de que iban a volver a amanecer juntas.
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